AL FILO DE LO IMPOSIBLE: LA PIC EXPLORA LAS LAGUNAS DE RABASSA

Al alba, y con fuerte viento de poniente, partieron del Cuartel de Rabassa doce intrépidos exploradores de la PIC.

No siendo posible encontrar en las cercanías una cabra, llevaron consigo a un perro. El perro se llamaba Otto, como Bismarck, pero esa es otra historia. Los exploradores también tenían nombre: Ravi, Rafa, Miguel Ángel, Mari Luz, Ernest, Ángeles, Rafa, Lina, Armando, Pep Rubio y su hermano, Rubio el Joven, y Manolo. La mañana era bonancible y soleada, o sea, que hacía un calor de cojones, con perdón. Pero salió la tropa.

Ángeles y Manolo, sacrificándose, prefirieron adelantarse en previsión de posibles encuentros con indígenas y fieras salvajes. Para ello arbitraron un módulo mecánico, también llamado coche con aire acondicionado. Mientras, los demás –incluido Otto- decidieron pasear.

Pese a que Ernest llevaba una impresionante brújula, ni GPS ni mapas hicieron acto de presencia. Por lo que anduvieron, y anduvieron, y anduvieron. Podríamos decir que los dos grupos, el mecanizado y el de la fiel infantería, se perdieron. Mas sería inexacto: en realidad, con singular perspicacia, se abrieron para efectuar un mejor control táctico del territorio e, incluso, entrar en contacto con las presencias vivas de la zona.

Así, Ángeles entabló conversación con tres pescadores que informaron de la presencia en las aguas –verdes y abundantes, las cosas como son- de dos clases de carpas. Ahí se vio lo grave de la crisis, con perdón de ZP y Solbes: mal deben andar algunos si se piensan comer animalejos salidos de tal lugar.

Fue observado –existe documentación gráfica- un cartel –oxidado, muy oxidado- en el que se advierte que arrojar escombros se penará con 300 euros.

El Ayuntamiento debe rebosar riqueza, dado el estado de las proximidades de las lagunas en el llamado Fondo de Piqueres: hay más variedad de residuos sólidos que lo que la imaginación de un talibán es capaz de parir.

En una primera pesquisa se advierte que hay simpáticos conciudadanos que se van hasta allá a depositar sofás, sillones y váteres, entre otros artilugios que hacen feliz y llevadera la vida cotidiana. Y una prueba de la caída del sector del ladrillo la ofrece el número infinito que de éstos, y de otros materiales de construcción, se encuentra por doquier, en lo que será un yacimiento arqueológico que hará hipar de placer a los historiadores del futuro, si es que en el futuro hay historiadores o, ya puestos, si es que hay futuro.

Pero donde se aprecia la tradicional inventiva del pueblo alicantino es en las evidentes huellas de cómo se usan las orillas de estos vestigios lagunares como lugar de desguacen de automóviles, que va a ser que son robados, pues, si no, no se entiende: pilas de neumáticos, vidrios rotos sin cuento, pedazos de carrocería echados al agua y restos quemados de plástico y metal, en caminos de tierra ya negra, configuran un cordial escenario para Blade Runner II, que no sabemos cómo no se lo compra la Ciudad de la Luz.

La Cáceres, que sabe mucho de estas cosas, sostiene que en el fondo debe haber coches y motos, o sea, lo que no sirva tras el desguace –desguace, por cierto, para el que estaban algunos, bajo un sol de justicia lenta, a esas horas de la exploración-.

Por su parte Miguel Ángel, que tiene ese aquél de escribidor de novelas de investigación, aportó algún dato gozoso sobre sospechas acerca de la permanencia de un amigo suyo –que dio en ligar con la señora de un presidiario- en el mismo fondo, quizá como gorrilla de los coches sumergidos. “Calcetín de cemento, se dice eso”, apostilló ominosamente Ángeles.

Por otra parte también se advirtieron otras huellas de incendio que no parecen relacionadas con la noble actividad del desmantelamiento de vehículos de motor sino con la celebración de “fiestas rave” –dígase raif- de las que tenemos constancia por la cartelería que la unidad de inteligencia de la PIC interceptó el otro día en la puerta del Clan Cabaret. Sería cosa de debatir la creación de una célula especial de investigación con Ravi y su Plácido marido –siempre a cubierto-, Lina –que es catalana y allí se baila mucho-, Rafa –que es músico-, Pep y su hermano –que son jóvenes- y Armando –que es abogado-.

Llegados a ese punto se inició el regreso por dos vías alternativas, no fuera a ser cosa que se aprovechara el desconcierto inherente a estos momentos para ser atacados por los flancos al grito de “¡Muerte a la izquierda caviar!”. Nada aconteció, anonadado como se quedó el enemigo ante el despliegue de fuerza. Incluso hubo tiempo para detenerse a sacar fotografías de una balsa con un metro de basura acumulada y diversas pintadas, entre las que podemos destacar y destacamos aquella que manifestaba: “Zaplana, haz el parque de atracciones en el jardín de tu casa”, aunque no se sabe a qué pueden referirse los autores.

No crea el lector que aquí acabaron las andanzas de este tan singular comando. Sin dar mérito a la acción –ni siquiera Mari Luz, que se tapaba la cabeza con una revista- ni descanso a los cuerpos, se refugió el grupo –menos Otto, que sí reclamó descanso- para analizar los hechos.

Dio en reunirse en un lugar llamado El Patio, que resultó ser un bar donde la cerveza estaba muy fría, las gambas muy calientes y las patatas a la brava muy picantes. Allí permanecieron un par de horas, entregados al sufrimiento. Mas conscientes de su obligación de regresar al mundo para dejar constancia de sus descubrimientos, abandonaron con reticencia el barrio de Rabassa.

Ningún guardia civil detuvo a los conductores, pues, quizá, si así hubiera sido, en este momento una chapa de “Stop al Plan Rabassa” estaría prendida de la casaca de un número de la Benemérita, pero uno de los nuestros yacería en oscura mazmorra.

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