Gracias, Ramiro

Ramiro en uno de los hábitat que más amó, en clase y buscando la complicidad de sus alumnos

Ramiro en uno de los hábitat que más amó, en clase y buscando la complicidad de sus alumnos

Mabel, familiares, amigas y amigos: Sería vano pretender que mis palabras calmaran el dolor que ahora sentimos. No hay jaula que encarcele nuestra rabia y nuestra impotencia ni argumento definitivo que calme nuestra pena.

Sería vano el intento de colmar el vacío que nos ha dejado Ramiro. Quizá si pudiéramos reunir cada minúsculo recuerdo, cada minuto pasado en su compañía, la memoria de cada gesto, la fuerza de cada una de sus palabras, podríamos cubrir un rincón del hueco que ahora habita nuestras almas. En cierto modo para eso nos hemos reunido, para, al hacer eso, dejar constancia de la extrañeza de un mundo sin Ramiro, que hoy, para nosotros, es como decir, la extrañeza de un mundo sin mar Mediterráneo o sin río Duero, sin ley de la gravedad o sin registros históricos.

Sería vano el intento de poner razones a esta sinrazón que nos ha alcanzado para herirnos con una saña perdurable. Se nos va Ramiro en una época dura, muy dura para muchas personas, y una de mis últimas conversaciones con él fue sobre la crisis, mostrando, como siempre, su instinto de solidaridad y la urgencia por hacer algo para que los más frágiles encontraran apoyo y esperanza. Pero hoy encuentro el mensaje de facebook de una alumna de Ramiro y se limita a decir: “¡Es la peor noticia del año!”. ¡Qué buen resumen en este desasosiego!, ¡qué clara idea que nos abarca y sintetiza! Y es que, como Paco Candela ha escrito también en facebook: ¡con la de hijos de puta que hay… que tenga que irse Ramiro…!

Todo es vano, pues, si pensamos en salir de aquí liberados de un luto que será nuestra compañía durante mucho tiempo. Pero nos queda, en estos tiempos duros, esa ráfaga de bondad y humor que Ramiro nos transmitió, ese séquito de anécdotas infinitas, de personajes escapados de no sé qué tesoro de imágenes improbables, esa inteligencia recta como una saeta de brújula. Nos queda su amor por lo cercano, su mirada singular de cómplice, sus expresiones únicas y certeras, su cultura desbordada y honesta, su humildad de sabio.

Y esos recuerdos no son vanos. Ramiro, con ellos, se ha quedado con nosotros, como un roce imperecedero e indefinible: como la sal del mar tras el baño, como la pólvora tras la fiesta o el verso certero tras la lectura. Está ahora en nuestra piel de adentro, resonando en los pasillos de nuestro cerebro, reverberando en el brillo de nuestras lágrimas. Somos parte sutil de su herencia. No es vano anclarnos a este convencimiento.

Le debemos y nos debemos esas lágrimas, claro, y nuestro silencio respetuoso. Pero le debemos también un brindis, una risa, y, sobre todo, una lucha, muchas luchas en pos de lo que consideramos y consideró justo. Ay, Ramiro, ¿cuántos kilómetros no hemos echado manifestándonos?,  ¿cuántas horas no hemos gastado reuniéndonos? Lo hicimos buscando siempre las causas perdidas en el pajar de la vida y encontrando, al menos, la amistad y la necesidad abrumadora de seguir buscando. Ay, Ramiro, ¿cuántas noches electorales no hemos acabado cantando la Internacional? y pensando, mitad en serio y mitad en broma, que en una de esas los nuestros iban a ganar, aunque no supiéramos casi nunca quiénes eran los nuestros…

Y es que Ramiro no sólo mantuvo, como hecho vital, de la razón y de la voluntad, una militancia política, sindical y cívica cuando tantos otros vuelven la cara o entonan la triste cantinela del “no sirve para nada”, Hizo algo más: acompañó a los compañeros, dio sentido al que lo precisó, motivó al que caía y, en definitiva, ennobleció el bello, herido arte de la política. Ya tendremos ocasión de rememorar y celebrar ese ejemplo en otras ocasiones. Bueno, Ramiro, ¿y qué hacemos ahora?

Esta mañana me he dado cuenta de que es la primera vez en treinta años que me he enfadado contigo. Pero así son las cosas entre amigos sin fronteras, entre camaradas sin límites. Porque, como he escrito en otro sitio, cuando José Carlos nos presentó nos dijo que eras “la luz de la comarca”. Y, al final, ha tenido razón. Porque eras de luz y de una luz perenne. Más allá de esta invisibilidad de tristeza, de este velo de conmoción, de este día de sombras: gracias por esa luz. Gracias Ramiro.

(*) Estas palabras fueron pronunciadas a modo de homenaje por Manuel Alcaraz en el acto civil de despedida al amigo y compañero Ramiro Muñoz

 

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