Opinión: El saqueo de Alicante

Artículo de opinión de Manuel Alcaraz publicado en el diario Información el 31/10/10

En las historias de la mafia y en los tratados de corrupción política se estudia el llamado “saqueo de Palermo”, cuando, entre 1954 y 1962, se fue retrasando la tramitación del PGOU hasta que todas las honorables familias vieron reconocidos sus privilegios y legalizadas sus expectativas. El resultado fue la degradación de la capital de Sicilia y el auge de las actividades mafiosas. Prácticamente nadie fue condenado. Palermo está a la cola de las ciudades italianas en creación de riqueza, pero es de las primeras en consumo suntuario. La alcaldesa de Alicante, cuando estalló el “caso Brugal”, advirtió que no toleraría que el nombre de Alicante se asociara a la corrupción. Hoy he marcado “corruzione Palermo” en Google: hay 355.000 entradas, pero si marco “corrupción en Alicante” la cifra asciende a 374.000. Si la búsqueda la hago en inglés aún nos gana Palermo, pero “corruption Alicante” ya obtiene 135.000 entradas. Por fin, Alicante está en los mapas de la globalización. Una ciudad de primera.
Ante las escuchas publicadas Castedo dijo, ante todo, que no toleraría ataques a su honorabilidad: ojito, que los abogados, los amigos y el dinero están para las ocasiones. La libertad de expresión está bien para atacar a policías y fiscales, pero no, faltaría más, para enjuiciar las repercusiones políticas de ciertos asuntos. No respondió a las preguntas de los periodistas porque se lo aconsejan sus abogados: si unos empresarios deciden el diseño urbano y unos juristas deciden la palabra de la alcaldesa, ¿qué tipo de análisis nos está permitido? La teledirigida Castedo tendrá derecho a guardar silencio si es imputada, pero la ciudad tiene derecho a recibir de su boca explicaciones claras de lo sucedido. Que es bastante más que unos viajes a Andorra.
Pero no va pasar. Porque, aunque no sorprendidos, estamos atónitos por la brutalidad de lo sabido y hasta por el lenguaje y las aficiones de tanto puntal de la comunidad. Pero barruntamos que lo peor es que no son conscientes de haber obrado mal. Sencillamente constatamos que lo que es “normal” para la élite político-económica está muy por encima de los estándares morales y de las costumbres de la mayoría. Su mundo admite con toda naturalidad este trasiego de favores, regalos y llamaditas fervorosas. Ellos “son así” porque pueden. Y punto. Por eso no entienden las actuales críticas, basadas en valores que ellos dejaron atrás hace mucho tiempo. Las familias afloran: hemos retrocedido a la época en que la ética se basaba en apoyar a los del clan, creíamos que eso fue superado por una modernidad en que había procesos igualitarios y transparentes para la toma de decisiones, pero no ha podido ser en Alicante. Es paradigmático que Castedo crea obrar bien aliviando el paro vía recomendación: no se le pasa por la cabeza explicar qué políticas públicas ha intentado para reducir el desempleo, ni que el favor a uno es el robo del trabajo a otro y que el empleador está haciendo un favor que espera recompensa de quien tiene el poder político. El derecho al trabajo se restringe a quien puede obtener limosna: un insulto a todos los parados. Pero ella y sus amigos sienten que han sido buenos. Más que el pan.
Esa miseria, ese chapoteo continuo de parabienes en la corte de los milagros de los pícaros nuevos ricos, es lo que aflora en las conversaciones grabadas. Pero eso es sólo la puntita de un inmenso iceberg: si eso es lo hablado por teléfono, ¿qué no se habrá dicho, que no habrán pactado en reuniones, en travesías, en partiditas de póquer, a los postres del caldero o en el palco?, ¿qué no se diría por teléfono en vísperas del Plan Rabassa? Porque ahora van cuadrando muchas imágenes de lo que ha sido un puzzle disperso: los que nos preocupamos por Alicante desde el otro lado de la alambrada teníamos noticias ambiguas de muchas cosas pero siempre nos decíamos: ¿cómo lo probamos? Ahora hay cosas que se aclaran: no sé si serán delito, pero ¡qué satisfacción saber que, aunque otros así lo piensen, no somos imbéciles paranoicos! Un ejemplo: las escuchas muestran que el 1 de julio se entrega el PGOU a la alcaldesa, que ese mismo día -no le neguemos la virtud de la diligencia- se reunió con Ortiz y autorizó al redactor a pasar la ficha del Rico Pérez al constructor, con quien ya se había reunido alguna vez para el mismo asunto -a eso es a lo que Castedo llama participación ciudadana, supongo-. En este diario, el 26 de ese mes, un titular advertía: “Ortiz aplaza el nuevo Rico Pérez para aprovecharse del futuro PGOU”. Una concejala del PSOE y yo mismo hicimos públicamente la misma pregunta: ¿cómo lo sabe, si el documento todavía es secreto? Por fin tenemos la aclaración pedida. Y estoy harto de escuchar a políticos que han de reunirse con empresarios por razón de su cargo. No es verdad, no al menos en determinadas circunstancias. Y tampoco tienen los políticos la obligación de aceptar regalos, pues el buen vino se puede volver vinagre. (¡Qué autoirónico es que Fenoll regale Vega… Sicilia!)
Este es el saqueo de Alicante. Cada euro trasegado oscuramente es un euro que nos han sisado, una aportación a la desconfianza, a la crisis de la convivencia, a humillar el honor de Alicante. Es un euro robado a los más débiles, a los parados, a los que no pueden ni soñar con lo que es cotidiano para los especialistas en convertir en beneficio privado lo que es público. Se ha escupido a la cara de esas personas, a ese común de ciudadanos que sólo tienen la esperanza en que la política, como quiere la Constitución, asegure la igualdad. El saqueo se produjo cuando la política permitió, o favoreció, que alguien controle el 70% del suelo urbanizable, contratas públicas, instalación de macrocentros comerciales. Esto no es un problema jurídico, ni siquiera moral: es un problema político. Porque nos han dado un golpe de Estado. (No nos resignemos: 19 de noviembre, concentración contra la corrupción en la plaza del Ayuntamiento).

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