Ramiro, la luz de la comarca

Ramiro Muñoz en un acto de la PIC en la sede de la UA

Ramiro Muñoz (sentado, a la derecha) en un acto de la PIC celebrado en la sede de la UA

Manuel Alcaraz (*)

Cuando José Carlos Rovira me presentó a Ramiro Muñoz, hace más de treinta años, recién llegado a Alicante, le denominó, con complicidad de antiguo camarada, “la luz de la comarca”, porque iba a sustituirle en la dirección local del PCE. Para nosotros, siempre, hasta este final tan prematuro, tan injusto, ha sido la broma de referencia, un secreto aireado de nuestra amistad, tan larga, tan breve, tan intensa.

Han sido tres décadas en las que Ramiro, en efecto, iluminó tantas cosas que su nómina no cabe aquí. Iluminó, con su cercanía y verbo suelto, miles de mentes de alumnos y alumnas en institutos y en la Universidad, transmitiéndoles sus amplios conocimientos y su apasionada forma de entender la historia en un tiempo en el que se nos priva de ella. Iluminó infinidad de proyectos culturales y cívicos: en CC.OO. y en el Consejo Social de la UA, en el comisariado de excelentes exposiciones en el Instituto Gil Albert, en sus colaboraciones en este diario, en su prolongada militancia comunista y en Nova Esquerra, y, en los últimos años, como fundador y pieza esencial en la PIC, donde tanto nos enseñó para entender esta ciudad y donde tanto contribuyó a que algunas denuncias de corruptelas estuvieran avaladas por el rigor que le caracterizaba.

Ramiro junto a Vicente Díaz en el Club Información

Ramiro Muñoz junto a Vicente Díaz en un acto de la PIC celebrado en el Club Información

Hombre de izquierdas sin maquillajes, crítico cuando había que serlo, nunca conoció del sectarismo. A los que le tratamos nos brindó dosis muy generosas de felicidad: nunca supo decir “no”, ni volver la cara, ni negar la evidencia. Buen acompañante de sueños y de ilusiones, nada mejor puedo recordar ahora que una velada con Ramiro –esas noches electorales, de derrota en derrota, de humoradas y de ironías-, escuchando infinitas narraciones de su infancia en su Zamora natal, versos insólitos, el deambular improbable de personajes escapados de otra época.

Y se agolpan así, en mitad de este dolor de tarde que se desangra en otoño, las evocaciones singulares: una comida en Sanabria, el pasar de una oscura procesión zamorana, una pegada de carteles, un viaje a Viena y a Salzburgo. ¡Qué extraño, ahora, se vuelve todo y el deseo de aparentar serenidad! ¡Qué extraño el mundo sin Ramiro! ¿Y qué le diremos a Mabel y a Héctor, joder, qué les diremos, y a su hermano y a su familia, y a esos amigos del Duero que fuimos conociendo en un gotear de lustros? ¿Qué nos diremos a nosotros mismos? Sea lo que sea, será dicho velado de estupor y con los ojos mirando para adentro, como huyendo de lágrimas. Y mañana será otro día: no ha querido visitar otro invierno, pero mañana será otro día. Y ahí nos vamos a agarrar, como él hubiera querido. Con un brindis por él y por todo lo que significa, lo que cabe en un abrazo y en una memoria interrumpida pero muy, muy agradecida. Era verdad: era la luz, era de luz.

(*) Este artículo fue publicado por Manuel Alcaraz en Información el día 19 de diciembre

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